Que mi limite sea el cielo, y tu la estrella que me sonria desde lo alto.

sábado, 20 de agosto de 2011

Os contaré un pequeño secreto…
Era un día de otoño, creo recordar un miércoles por la mañana. No llovía, pero una pequeña brisa levantaba las hojas caídas de los arboles. Andaba por la calle, sola, observando a la gente que pasaba por mi lado, que me rozaba el brazo, incluso que llegaba a empujarme. Era un día festivo para nosotros, los niños, que tantas vacaciones tenemos y tantas quejas hemos puesto por tener tan pocas.  Llevaba un fular verde, atado al cuello. Tenía frio, y las manos en los bolsillos para no helarme. Iba sumida en mis pensamientos, pensaba en un día de verano, una noche que pasé junto a amigos recién conocidos. Pensaba en lo bien que nos lo habíamos pasado. Pensaba en sus sonrisas, en nuestros besos, abrazos y bailoteos en la discoteca. Y de repente, me crucé con alguien, no levanté la mirada pero reconocí sus zapatillas. Blancas, altas, de Adidas. Aun estaban blancas, pues las acababa de estrenar hacia poco. Supe quien estaba en ese momento parado a mi lado enseguida. No cruzamos nuestras miradas, no nos dijimos “hola”, ni nos dimos dos besos, y mucho menos un abrazo a modo de saludo. Nos quedamos parados, solos, uno al lado del otro, sin mirarnos, en mitad de la calle, sin levantar la cabeza. Los dos sonreíamos.

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